Ir al contenido principal

La poesía renacentista ( II ) Garcilaso de la Vega


Garcilaso de la Vega encarnó uno de los ideales humanos del Renacimiento: el del caballero culto, enamorado, y poeta. En su figura y en su obra se entrelazan armónicamente armas y letras, vida y literatura, amor y reflexión. Su obra, truncada por una muerte prematura debido a su oficio de soldado al servicio del emperador Carlos V, es bastante breve: un conjunto de sonetos que no llegan a ochenta, cinco canciones petrarquistas, tres églogas, dos elegías y una epístola a su amigo de armas y de letras, el también poeta Juan Boscán.





Y a pesar de su brevedad fue trascendental, porque él introdujo en la literatura castellana las formas típicamente renacentistas que imitaban a los poetas clásicos (a través de tópicos como el carpe diem, el locus amoenus, el beatus ille, la temática bucólico-pastoril; géneros como la elegía, la epístola o la égloga, y el uso de una lengua elegante pero natural y sencilla) y a los italianos, sobre todo a Petrarca (amor al estilo petrarquista, uso de la métrica italianizante, con sus endecasílabos, sus heptasílabos, sus sonetos, tercetos, octavas o estancias...). La poesía española no volvió a ser la misma: el uso de estas formas supuso en gran medida el abandono por los poetas cultos de las formas tradiconales castellanas (marcadas por el verso octosílabo, el amor cortés, el rebuscamiento de la lírica de cancionero),y la introducción de formas,temas y epxresiones que se mantendrán hasta prácticamente el XIX.





Garcilaso de la Vega es, como Bécquer, un poeta de obra breve pero fundamental, porque marca un antes y un después en la historia de nuestra poesía. Concretamente, sus poemas supusieron el paso de la Edad Media al Renacimiento en el ámbito de la poesía  : fue el primero en hacer poemas en los que se respira ya el nuevo aire que supuso ese movimiento revolucionario, y siguiendo sus pasos hubo toda una serie de poetas castellanos que recogieron sus innovaciones. Es decir, tras él y por él, la poesía española no volvió a ser la misma.

La poesía renacentista se basa en la imitación, básicamente de dos grandes elementos: los poetas del Humanismo italiano del XIV (sobre todo, Francesco de Petrarca), y la literatura y los ideales clásicos (es decir, de la Antigüedad Grecolatina). Esta imitación, que puede parecer en principio algo superficial, traia con ella toda una revolución, porque implicaba una nueva concepción no solo de la métrica y el lenguaje poético, sino también del amor, de la vida, del hombre, de la propia poesía y del arte. Y el primero en hacerlo con éxito (salvo alguna tentativa casi anecdótica anterior, como la del Marqués de Santillana haciendo sonetos) fue el poeta toledano Garcilaso de la Vega.

 
Además, frente a la artificiosidad y convencionalismo de la poesía culta que existía hasta entonces en la Península (la llamada lírica de cancionero), muy alejada de la sinceridad a la que el lector moderno está acostumbrado, en Garcilaso vida y obra se imbrican de forma extraordinaria, y muchos de sus poemas recogen situaciones, acontecimientos y sentimientos de la biografía del poeta, que él mismo inmortalizó en sus versos.





Garcilaso de la Vega nació en Toledo en una fecha que aún a día de hoy resulta incierta (hay quien dice que en 1499, otros apuntan a 1501, 1502, 1503... por ahí más o menos...), en el seno de una familia vinculada a la nobleza, de la que él era el tercer hijo y el segundo varón. Y esto fue seguramente  determinante para que llegara a ser el gran poeta que luego sería, ya que era lo que se conocía como "segundón"; es decir, sin derecho a herencia (heredaba el primer hijo varón, según las normas del mayorazgo), y por ello, obligado a formarse para "buscarse la vida". Y así, sabemos que Garcilaso estudió lenguas, música y todo aquello que el ideal de la época consideraba deseable en un cortesano. Y este ideal implicaba, aparte de las letras, el dominio de las armas, con el que Garcilaso cumpliría al convertirse en soldado al servicio del emperador recién llegado de Alemania como Carlos I de España.



Pero antes, Garcilaso conoció en su vida el que sería el gran tema de su poesía: el amor. Desde 1998, gracias al hallazgo de un documento, sabemos que vivió un largo, intenso y apasionado amor de juventud con una dama llamada Guiomar Castillo, que daría como fruto un hijo.



Poco después será cuando entre al servicio del emperador apoyándole en sofocar la revuelta de los Comuneros. Luego, al servicio del duque de Alba (al que dedicará una Elegía y la segunda de sus Églogas), participará en diversas expediciones, y en su vida militar conocerá a Juan Boscán, también soldado y también poeta, que habría de ser su compañero en armas y letras, pero sobre todo, un gran amigo, como recoge la Epístola en verso a él dedicada y su otra Elegía.. Como recompensa a sus esfuerzos militares, el emperador le otorgó la orden de Caballero de Santiago, todo un honor.



Entre campaña y campaña, Garcilaso se casó con Elena de Zúñiga,  y con ella tendrá cinco hijos, algunos de los cuales murieron siendo niños. En 1526, Para asistir a la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal, Garcilaso se traslada a Andalucía, y este viaje erá fundamental para su vida y su obra. En primer lugar, porque en Granada tendrá lugar una conversacón que llegará a ser mítica: la del poeta y Juan Boscán con el embajador de Nápoles, que les anima a escribir poesía en castellano pero imitando el estilo italiano, que será lo que dé lugar a la auténtica revolución poética que supuso la obra del poeta toledano. Y en segundo lugar, porque entre las damas de compañía de la reina está Isabel Freyre, la que según muchos biógrafos fue el gran amor de Garcilaso y a la que están dedicados muchos de sus versos (entre ellos, la famosísima Égloga I). De hecho, esta dama se casó con otro (caballero al que parece aludir Garcilaso en algunos de sus versos) y murió muy pronto,  acontecimiento que se recoge en esa égloga.

 

Égloga I 

 

 



El dulce lamentar de dos pastores
Salicio juntamente y Nemoroso,

he de contar, sus quejas imitando;

cuyas ovejas al cantar sabroso

estaban muy atentas, los amores,

(de pacer olvidadas) escuchando.

Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

agora estés atento sólo y dado

el ínclito gobierno del estado

Albano; agora vuelto a la otra parte,

resplandeciente, armado,

representando en tierra el fiero Marte;

(...)

Saliendo de las ondas encendido,

rayaba de los montes al altura

el sol, cuando Salicio, recostado

al pie de un alta haya en la verdura,

por donde un agua clara con sonido

atravesaba el fresco y verde prado,

él, con canto acordado

al rumor que sonaba,

del agua que pasaba,

se quejaba tan dulce y blandamente

como si no estuviera de allí ausente

la que de su dolor culpa tenía;

y así, como presente,

razonando con ella, le decía:



Salicio:

¡Oh más dura que mármol a mis quejas,

y al encendido fuego en que me quemo

más helada que nieve, Galatea!,

estoy muriendo, y aún la vida temo;

témola con razón, pues tú me dejas,

que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.

Vergüenza he que me vea

ninguno en tal estado,

de ti desamparado,

y de mí mismo me avergûenzo agora.

¿De un alma te desdeñas ser señora,

donde siempre moraste, no pudiendo

de ella salir un hora?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



El sol tiende los rayos de su lumbre

por montes y por valles, despertando

las aves y animales y la gente:

cuál por el aire claro va volando,

cuál por el verde valle o alta cumbre

paciendo va segura y libremente,

cuál con el sol presente

va de nuevo al oficio,

y al usado ejercicio

do su natura o menester le inclina,

siempre está en llanto esta ánima mezquina,

cuando la sombra el mondo va cubriendo,

o la luz se avecina.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,

sin mostrar un pequeño sentimiento

de que por ti Salicio triste muera,

dejas llevar (¡desconocida!) al viento

el amor y la fe que ser guardada

eternamente sólo a mí debiera?

¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,

(pues ves desde tu altura

esta falsa perjura

causar la muerte de un estrecho amigo)

no recibe del cielo algún castigo?

Si en pago del amor yo estoy muriendo,

¿qué hará el enemigo?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



Por ti el silencio de la selva umbrosa,

por ti la esquividad y apartamiento

del solitario monte me agradaba;

por ti la verde hierba, el fresco viento,

el blanco lirio y colorada rosa

y dulce primavera deseaba.

¡Ay, cuánto me engañaba!

¡Ay, cuán diferente era

y cuán de otra manera

lo que en tu falso pecho se escondía!

Bien claro con su voz me lo decía

la siniestra corneja, repitiendo

la desventura mía.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



(...)

Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?

Tus claros ojos ¿a quién los volviste?

¿Por quién tan sin respeto me trocaste?

Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?

¿Cuál es el cuello que, como en cadena,

de tus hermosos brazos anudaste?

No hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra,

de mí arrancada, en otro muro asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no se esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



(...)

Materia diste al mundo de esperanza

de alcanzar lo imposible y no pensado,

y de hacer juntar lo diferente,

dando a quien diste el corazón malvado,

quitándolo de mí con tal mudanza

que siempre sonará de gente en gente.

La cordera paciente

con el lobo hambriento

hará su ayuntamiento,

y con las simples aves sin ruido

harán las bravas sierpes ya su nido;

que mayor diferencia comprendo

de ti al que has escogido.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



(...)¿Cómo te vine en tanto menosprecio?

¿Cómo te fui tan presto aborrecible?

¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?

Si no tuvieras condición terrible,

siempre fuera tenido de ti en precio,

y no viera de ti este apartamiento.

¿No sabes que sin cuento

buscan en el estío

mis ovejas el frío

de la sierra de Cuenca, y el gobierno

del abrigado Estremo en el invierno?

Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo

me estoy en llanto eterno!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



Con mi llorar las piedras enternecen

su natural dureza y la quebrantan;

los árboles parece que se inclinan:

las aves que me escuchan, cuando cantan,

con diferente voz se condolecen,

y mi morir cantando me adivinan.

Las fieras, que reclinan

su cuerpo fatigado,

dejan el sosegado

sueño por escuchar mi llanto triste.

Tú sola contra mí te endureciste,

los ojos aún siquiera no volviendo

a lo que tú hiciste.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.



Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,

no dejes el lugar que tanto amaste,

que bien podrás venir de mí segura;

yo dejaré el lugar do me dejaste;

ven, si por sólo esto te detienes;

ves aquí un prado lleno de verdura,

ves aquí una espesura,

ves aquí una agua clara,

en otro tiempo cara,

a quien de ti con lágrimas me quejo.

Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)

al que todo mi bien quitarme puede;

que pues el bien le dejo,

no es mucho que el lugar también le quede.



Aquí dio fin a su cantar Salicio,

y suspirando en el postrero acento,

soltó de llanto una profunda vena.

Queriendo el monte al grave sentimiento

de aquel dolor en algo ser propicio,

con la pesada voz retumba y suena.

La blanca Filomena,

casi como dolida

y a compasión movida,

dulcemente responde al son lloroso.

Lo que cantó tras esto Nemoroso

decidlo vos Piérides, que tanto

no puedo yo, ni oso,

que siento enflaquecer mi débil canto.



Nemoroso:

Corrientes aguas, puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado, de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas de alegría.



Y en este mismo valle, donde agora

me entristezco y me canso, en el reposo

estuve ya contento y descansado.

¡Oh bien caduco, vano y presuroso!

Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,

que despertando, a Elisa vi a mi lado.

¡Oh miserable hado!

¡Oh tela delicada,

antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte!

Más convenible fuera aquesta suerte

a los cansados años de mi vida,

que es más que el hierro fuerte,

pues no la ha quebrantado tu partida.



¿Dó están agora aquellos claros ojos

que llevaban tras sí, como colgada,

mi ánima doquier que ellos se volvían?

¿Dó está la blanca mano delicada,

llena de vencimientos y despojos

que de mí mis sentidos le ofrecían?

Los cabellos que vían

con gran desprecio al oro,

como a menor tesoro,

¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?

¿Dó la columna que el dorado techo

con presunción graciosa sostenía?

Aquesto todo agora ya se encierra,

por desventura mía,

en la fría, desierta y dura tierra.



¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que había de ver con largo apartamiento

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?

El cielo en mis dolores

cargó la mano tanto,

que a sempiterno llanto

y a triste soledad me ha condenado;

y lo que siento más es verme atado

a la pesada vida y enojosa,

solo, desamparado,

ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.



Después que nos dejaste, nunca pace

en hartura el ganado ya, ni acude

el campo al labrador con mano llena.

No hay bien que en mal no se convierta y mude:

la mala hierba al trigo ahoga, y nace

en lugar suyo la infelice avena;

la tierra, que de buena

gana nos producía

flores con que solía

quitar en sólo vellas mil enojos,

produce agora en cambio estos abrojos,

ya de rigor de espinas intratable;

yo hago con mis ojos

crecer, llorando, el fruto miserable.



Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo se levanta

la negra escuridad que el mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta,

y la medrosa forma en que se ofrece

aquello que la noche nos encubre,

hasta que el sol descubre

su luz pura y hermosa:

tal es la tenebrosa

noche de tu partir, en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que a ver el deseado

sol de tu clara vista me encamine.



Cual suele el ruiseñor con triste canto

quejarse, entre las hojas escondido,

del duro labrador, que cautamente

le despojó su caro y dulce nido

de los tiernos hijuelos, entre tanto

que del amado ramo estaba ausente,

y aquel dolor que siente

con diferencia tanta

por la dulce garganta

despide, y a su canto el aire suena,

y la callada noche no refrena

su lamentable oficio y sus querellas,

trayendo de su pena

al cielo por testigo y las estrellas;



desta manera suelto yo la rienda

a mi dolor, y así me quejo en vano

de la dureza de la muerte airada.

Ella en mi corazón metió la mano,

y de allí me llevó mi dulce prenda,

que aquél era su nido y su morada.

¡Ay muerte arrebatada!

Por ti me estoy quejando

al cielo y enojando

con importuno llanto al mundo todo:

tan desigual dolor no sufre modo.

No me podrán quitar el dolorido

sentir, si ya del todo

primero no me quitan el sentido.



Una parte guardé de tus cabellos,

Elisa, envueltos en un blanco paño,

que nunca de mi seno se me apartan;

descójolos, y de un dolor tamaño

enternecerme siento, que sobre ellos

nunca mis ojos de llorar se hartan.

Sin que de allí se partan,

con sospiros calientes,

más que la llama ardientes,

los enjugo del llanto, y de consuno

casi los paso y cuento uno a uno;

juntándolos, con un cordón los ato.

Tras esto el importuno

dolor me deja descansar un rato.



Mas luego a la memoria se me ofrece

aquella noche tenebrosa, escura,

que siempre aflige esta ánima mezquina

con la memoria de mi desventura

Verte presente agora me parece

en aquel duro trance de Lucina,

y aquella voz divina,

con cuyo son y acentos

a los airados vientos

pudieras amansar, que agora es muda.

Me parece que oigo que a la cruda,

inexorable diosa demandabas

en aquel paso ayuda;

y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?



(...)


Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mí te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo, y verme libre pueda,

y en la tercera rueda,

contigo mano a mano,

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

do descansar y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte?



* * *



Nunca pusieran fin al triste lloro

los pastores, ni fueran acabadas

las canciones que sólo el monte oía,

si mirando las nubes coloradas,

al tramontar del sol bordadas de oro,

no vieran que era ya pasado el día,

la sombra se veía

venir corriendo apriesa

ya por la falda espesa

del altísimo monte, y recordando

ambos como de sueño, y acabando

el fugitivo sol, de luz escaso,

su ganado llevando,

se fueran recogiendo paso a paso











Y será también acompañando al emperador como Garcilaso viaje a Italia (ya que Nápoles formaba parte de los dominios de España por aquel entonces) donde entrará en contacto directo con la lírica renancentista italiana, como dijimos, una de las grandes influencias que recoge su poesía y que supondrá toda una revolución en la historia de nuestra lírica.



Por encargo del Emperador viajará también a Francia, para espiar cómo era tratada su hermana Leonor, casada con Francisco I de Francia, lo que demuestra hasta qué punto nuestro poeta era un hombre de confianza de Carlos I. Y sin embargo, poco después el propio emperador lo desterrará a una isla del Danubio en castigo por apoyar una boda familiar de Garcilaso a la que Carlos I se oponía. Esta experiencia del destierro también tendrá su reflejo poético en la Canción III de Garcilaso.


Canción III


     Con un manso rüido
d’agua corriente y clara
cerca el Danubio una isla que pudiera
ser lugar escogido
para que descansara
quien, como estó yo agora, no estuviera:
do siempre primavera
parece en la verdura
sembrada de las flores;
hacen los ruiseñores
renovar el placer o la tristura
con sus blandas querellas,
que nunca, dia ni noche, cesan dellas,

     Aquí estuve yo puesto,
o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
bien pueden hacer esto
en quien puede sufrillo
y en quien él a sí mismo se condena.
Tengo sola una pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura:
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
y sé yo bien que muero
por solo aquello que morir espero.

     El cuerpo está en poder
y en mano de quien puede
hacer a su placer lo que quisiere,
mas no podrá hacer
que mal librado quede
mientras de mí otra prenda no tuviere;
cuando ya el mal viniere
y la postrera suerte,
aquí me ha de hallar




Tras el destierro, en 1532, volverá a Italia, donde compaginará sus labores militares con la escritura de sus obras más importantes. Le hieren en alguna importante expedición en el norte de África (a la que alude en la Elegía que dedica a su amigo y compañero Juan Boscán), pero será en una expedición en Provenza contra Francia, parte de la lucha contra uno de los grandes enemigos de Carlos I, Francisco I, donde la muerte le encuentre, después de tantas hazañas importantes y peligrosas, en el asalto a una torre aparentemente abandonada y sin ninguna importancia, en el otoño de 1536. Azar, destino o ironía...



Pero Garcilaso, como todos los grandes, siguió viviendo en sus poemas, que inmortalizaron, como la tela de las ninfas de su Egloga III hacían con otras historias, lo mejor de su vida: unos versos serenos y sencillos en los que late la elegancia clásica que el Renacimiento quiso y supo recuperar.

 

Égloga III 

 

Aquella voluntad honesta y pura,
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuanto del cuerpo el alma acompañada.

   Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.(...)
 

      Cerca del Tajo en soledad amena
de verdes sauces hay una espesura,
toda de yedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta la altura,
y así la teje arriba y encadena,
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido
alegrando la vista y el oído.


   Con tanta mansedumbre el cristalino
Tajo en aquella parte caminaba,
que pudieran los ojos el camino
determinar apenas que llevaba.
Peinando sus cabellos de oro fino,
una ninfa del agua do moraba
la cabeza sacó, y el prado ameno
vido de flores y de sombra lleno.

   Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
el suave olor de aquel florido suelo.
Las aves en el fresco apartamiento
vio descansar del trabajoso vuelo.
Secaba entonces el terreno aliento
el sol subido en la mitad del cielo.
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba.

   Habiendo contemplado una gran pieza
atentamente aquel lugar sombrío,
somorgujó de nuevo su cabeza,
y al fondo se dejó calar del río.
A sus hermanas a contar empieza
del verde sitio el agradable frío,
y que vayan las ruega y amonesta
allí con su labor a estar la siesta.

   No perdió en esto mucho tiempo el ruego,
que las tres de ellas su labor tomaron
y en mirando de fuera, vieron luego
el prado, hacia el cual enderezaron.
El agua clara con lascivo juego
nadando dividieron y cortaron,
hasta que el blanco pie tocó mojado,
saliendo de la arena el verde prado.

   Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,
escurrieron del agua sus cabellos,
los cuales esparciendo, cobijadas
las hermosas espaldas fueron de ellos.
Luego sacando telas delicadas,
que en delgadeza competían con ellos,
en lo más escondido se metieron,
y a su labor atentas se pusieron.

   Las telas eran hechas y tejidas
del oro que el felice Tajo envía,
apurado después de bien cernidas
las menudas arenas do se cría:
y de las verdes hojas reducidas
en estambre sutil, cual convenía
para seguir el delicado estilo
del oro ya tirado en rico hilo.

   La delicada estambre era distinta
de los colores que antes le habían dado
con la fineza de la varia tinta
que se halla en las conchas del pescado.
Tanto artificio muestra en lo que pinta
y teje cada Ninfa en su labrado,
cuanto mostraron en sus tablas antes
el celebrado Apeles y Timantes.

   (...)

   Dinámene no menos artificio
mostraba en la labor que había tejido,
pintando a Apolo en el robusto oficio
de la silvestre caza embebecido.
Mudar luego le hace el ejercicio
la vengativa mano de Cupido.
que hizo a Apolo consumirse en lloro
después que le enclavó con punta de oro.

   Dafne con el cabello suelto al viento,
sin perdonar al blanco pie corria
por áspero camino, tan sin tiento
que Apolo en la pintura parecía que,
porque ella templase el movimiento,
con menos ligereza la seguía.
El va siguiendo, y ella huye como
quien siente al pecho el odïoso plomo.

   Mas a la fin los brazos le crecían,
y en sendos ramos vueltos se mostraban.
Y los cabellos. que vencer solían
al oro fino, en hojas se tornaban;
en torcidas raíces se extendían
los blancos pies, y en tierra se hincaban;
llora el amante, y busca el ser primero,
besando y abrazando aquel madero.

   Climene, llena de destreza y maña,
el oro y las colores matizando
iba, de hayas una gran montaña,
de robles y de peñas variando;
un puerco entre ellas de braveza extraña,
estaba los colmillos aguzando
contra un mozo; no menos animoso,
con su venablo en mano, que hermoso.

   Tras esto el puerco allí se vía herido
de aquel mancebo por su mal valiente,
y el mozo en tierra estaba ya tendido,
abierto el pecho del rabioso diente;
con el cabello de oro desparcido
barriendo el suelo miserablemente,
las rosas blancas por alí sembradas
tornaba con su sangre coloradas.

   Adonis este se mostraba que era,
según se muestra Venus dolorida,
que viendo la herida abierta y fiera,
estaba sobre él casi amortecida.
Boca con boca coge la postrera
parte del aire que solía dar vida
al cuerpo, por quien ella en este suelo
aborrecido tuvo al alto cielo.

   La blanca Nise no tomó a destajo
de los pasados casos la memoria
y en la labor de su sutil trabajo
no quiso entretejer antigua historia;
antes mostrando de su claro Tajo
en su labor la celebrada gloria,
lo figuró en la parte donde él baña
la más felice tierra de la España.

   Pintado el caudaloso río se vía,
que en áspera estrecheza reducido,
un monte casi alrededor ceñía
con ímpetu corriendo y con ruido;
querer cercallo todo parecía
en su volver, mas era afán perdido;
dejábase correr en fin derecho,
contento de lo mucho que había hecho.

   Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada
aquella ilustre y clara pesadumbre
de antiguos edificios adornada.
De allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada,
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas.

   En la hermosa tela se veían
entretejidas las silvestres diosas
salir de la espesura, y que venían
todas a la ribera presurosas,
en el semblante tristes, y traían
cestillos blancos de purpúreas rosas,
las cuales esparciendo derramaban
sobre una ninfa muerta, que lloraban,

   Todas con el cabello desparcido
lloraban una ninfa delicada,
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua en el lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde.

   Una de aquellas diosas, que en belleza,
al parecer, a todas excedía,
mostrando en el semblante la tristeza
que del funesto y triste caso había
apartado algún tanto, en la corteza
de un álamo estas letras escribía
como epitafio de la ninfa bella,
que hablaban así por parte de ella.

   "Elisa soy, en cuyo nombre suena
y se lamenta el monte cavernoso,
testigo del dolor y grave pena
en que por mí se aflige Nemoroso,
y llama ¡Elisa!... ¡Elisa! a boca llena
responde el Tajo, y lleva presuroso
al mar de Lusitania el nombre mío,
donde será escuchado, yo lo fío."

   En fin en esta tela artificiosa
toda la historia estaba figurada,
que en aquella ribera deleitosa
de Nemoroso fue tan celebrada;
porque de todo aquesto y cada cosa
estaba Nise ya tan lnformada,
que llorando el pastor, mil veces ella
se enterneció escuchando su querella.

   Y porque aqueste lamentable cuento
no sólo entre las selvas se contase,
mas dentro de las ondas sentimiento
con la noticia desto se mostrase,
quiso que de su tela el argumento
la bella ninfa muerta señalase
y así se publicase de uno en uno
por el húmedo reino de Neptuno.

   Destas historias tales variadas
eran las telas de las cuatro hermanas,
las cuales con colores matizadas
claras y luces de las sombras vanas,
mostraban a los ojos relevadas
las cosas y figuras que eran llanas,
tanto, que al parecer el cuerpo vano
pudiera ser tomado con la mano.

   Los rayos ya del sol se trastornaban,
escondiendo su luz al mundo cara
tras altos montes, y a la luna daban
lugar para mostrar su blanca cara;
los peces a menudo ya saltaban,
con la cola azotando el agua clara,
cuando las Ninfas, la labor dejando,
hacia el agua se fueron paseando.

   (...)

 


Y curiosamente, a pesar de lo que os encontréis habitualmente en los libros de texto y enciclpedias, no tenemos un retrato que inmortalice el rostro de este poeta inmortal. Ninguno de los dos de arriba le corresponden, aunque aparezcan a menudo señalados como imagen del poeta toledano. Sí conservamos, sin embargo,  algún retrato literario (es decir, con palabras):



"Era garboso y cortesano con no sé qué majestad envuelta en el agrado del rostro que le hacía dueño de los corazones, no más que con saludarlos. Y luego entraban su elocuencia y su trato a rendir lo que su afabilidad y su gentileza habían dejado por conquistar. Ningún hombre tuvo más prendas para arrastrar las almas, habiendo puesto la Naturaleza un cuerpo galán y de proporcionada estatura para palacio de la majestad de aquella alma. Adorábale el pueblo, y sus iguales, o no podían o no se atrevían a ser émulos porque el resplandor de sus prendas deslumbraba a la envidia, dejándola cobardes los ojos con la mucha luz o del todo ciegos."




Miembro de familia noble, Garcilaso de la Vega nació hacia 1501. Toda su vida se desarrolló alrededor de la Corte, al servicio del emperador Carlos V. Desempeñó misiones diplomáticas, fue soldado y visitó más de una vez Italia, donde conoció a los más famosos poetas y humanistas, que le pusieron en contacto con la nueva sensibilidad renacentista. Se casó con Elena de Zuñiga, con la que tuvo dos hijos, pero su gran amor no correspondido fue Isabel Freyre, dama portuguesa del séquito de la reina (y que inspiró muchas de sus poesías amorosas a veces trasmutada en el nombre de Elisa).

Garcilaso murió prematuramente en 1536 a causa de las heridas sufridas en el asalto a una fortaleza cerca de Milán.

Garcilaso de la Vega encarna el ideal del caballero renacentista (como Cervantes o Lope de Vega), en el que conviven las armas (soldado) y las letras (escritor). Sin embargo, esta dualidad no influyó en su poesía que refleja sólo el tema del amor tomando como modelo a Petrarca.

Garcilaso es el primer poeta del Renacimiento español por muchas razones. Pero la principal y más valorada es que introdujo con éxito la poesía renacentista italiana en España. Si antes de él, autores como el Marqués de Santillana y también su coetáneo Boscán lo habían intentado, es Garcilaso el primero que logra adaptar rítmicamente el endecasílabo italiano al ritmo poético del español. Con el endecasílabo llegaron el soneto, la lira, los tercetos, y los motivos y temas propios de la poesía petrarquista en la que se inspira.


 
Obra.

La obra poética de Garcilaso es breve: escribió treinta y ocho sonetos, cinco canciones, tres églogas, dos elegías y una epístola. No publicó ni un solo verso en vida. Al morir su amigo Juan Boscán, la viuda de éste imprimió los textos de ambos en un solo volumen. Pronto sus poesías se publicaron aparte, y comenzó el reconocimiento de su genialidad, que no ha parado hasta nuestros días.
Garcilaso es un poeta fundamental en el renacimiento español. Él es quien reintroduce y populariza el verso de once sílabas y las estrofas italianas como el soneto, la lira o los tercetos. Desde entonces estas formas estróficas son parte de la tradición española.
El tema casi exclusivo de Garcilaso es el amor. Es la gran fuerza capaz de dar sentido a la vida; pero, a menudo, es también algo inalcanzable y doloroso. Junto al amor, ocupa un lugar muy especial la naturaleza  expresada por medio de tópicos. Es el lugar ideal donde se desarrolla el amor, que puede cambiar según los sentimientos amorosos expresados. Por último, los temas mitológicos también aparecen en su obra. Garcilaso se sirve de personajes y temas mitológicos grecolatinos como pretexto para expresar sus propios sentimientos o bien como elementos comparativos para resaltar la belleza de la persona amada.

Estilo

Garcilaso emplea un estilo equilibrado en sus composiciones; esto quiere decir que es culto y refinado, pero sin afectación ni excesiva retórica, escribe con naturalidad, seleccionando un léxico bello, pero de uso común, sin muchos neologismos. Se trata ya de un español muy próximo al que empleamos en la actualidad, desligado de términos y soluciones fonéticas medievales que no han sobrevivido con el tiempo.



Análisis de sus sonetos

Los treinta y ocho sonetos escritos por el poeta tienen como tema central el amor. Los sonetos del I al XII el amante que sufre las penas del amor es el propio “yo” poético del autor. No vemos la descripción nítida de la amada, solo el dolor del amor del poeta. El “yo” poético es el eje de todos estos poemas, veamos algunos ejemplos mostrando solo el primer verso de cada soneto:

SONETO I
Cuando me paro a contemplar mi estado

SONETO II
En fin, a vuestras manos he venido

SONETO IV
Un rato se levanta mi esperanza

SONETO V
Escrito está en mi alma vuestro gesto,

SONETO X
¡Oh dulces prendas por mi mal halladas


Hasta que llegamos al soneto XIII en la que el “yo” poético deja paso a una recreación del mito de Apolo y Dafne (aunque los personajes del mito sean una transposición de los sentimientos del poeta). A partir de este soneto XIII se inicia la inclusión de notas mitológicas en dos composiciones más: en el XVI que menciona a Jupiter y Vulcano y en el XXIV que menciona la mitología del Parnaso. En el resto de los sonetos el centro de atención es el  sufrimiento por amor, en las que el “yo” del poeta a veces se camufla en  alter egos o sus lamentos van dirigidos a amigos como Boscán (Sonetos XXVIII y XXXV) o su amigo napolitano Mario (Soneto XXXIII).
El amor expresado por Garcilaso nos parece sincero aunque se muestre por medio de tópicos. Emplea tópicos tradicionales como el Descriptio puellae y Carpe diem, quizás en el poema que mejor se aprecian estos sea en el famoso  soneto XXIII (lo reproduzco entero):


En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre

Los dos cuartetos representan magistralmente el tópico Descriptio Puellae y los tercetos tratan el Carpe diem y también el Tempus fugit.

Para un autor renacentista seguidor de Petrarca como Garcilaso, la belleza femenina es resplandor de la belleza divina. Y el poeta no puede ser sino el humilde siervo (creyente) que sufre por alcanzar la unión deseada con la belleza. Es un sufrimiento que al mismo tiempo produce placer porque el alma ama a la belleza suprema aunque no logre alcanzarla.
Pero además de representar la belleza y perfección de la amada, el amante sufre de amor. Vive por y para el amor y esto se refleja en tópicos como Furor amoris, que iguala al amor como una enfermedad, locura o delirio y vemos en sonetos como el V  y el soneto XII “Si para refrenar este deseo/ loco, imposible, vano, temeroso,…”. Es un tópico que Garcilaso toma de la tradición petrarquista, pero también tiene larga tradición cancioneril en la poesía española. Estos tópicos por el sufrimiento del amor están todos enlazados en la tradición del amor cortés de origen clásico que es recuperado en la Edad Media y reformulado con el neoplatonismo renacentista. Garcilaso de la Vega representa en sus sonetos al típico amante del amor cortés que sufre porque la fuerza del amor le cautiva y es su única razón de ser. Un buen resumen de este sentir sería el primer cuarteto del Soneto V:

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto
.

La voluntad del poeta-amante se ha anulado por la contemplación y el amor por la amada.

La poesía de Garcilaso de la Vega ha sido la más influyente del Renacimiento español y en especial por sus sonetos seguidos por los grandes poetas del Barroco como Góngora o parodiados por otros autores barrocos como Quevedo, pero en cualquier caso, su poesía fue el punto de partida de una nueva etapa de la poesía española, la cual fue reformulada y modernizada, gracias a Garcilaso, por medio de la poesía renacentista italiana.

 
Antología

Soneto I

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por dó me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino estoy olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido:
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme,
si quisiere, y aun sabrá querello:

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte

pudiendo, ¿qué hará sino hacello?


Soneto XIII


A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!


Soneto X


¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;

si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.


Soneto XXIII


En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre
























OTROS POETAS DE ESTA ETAPA

 
Cristóbal de Castillejo 



Cristóbal de Castillejo (Ciudad Rodrigo, 1490 - Viena, 1550) fue el máximo representante en la primera fase del Renacimiento español de la reacción tradicionalista frente a la adaptación de los metros italianos que llevaron a cabo Garcilaso de la Vega, Juan Boscán y Diego Hurtado de Mendoza.
A los quince años fue llevado a la Corte de Fernando el Católico, donde sirvió como paje al archiduque Fernando de Habsburgo, nieto segundo del rey y hermano del emperador. En este periodo profesó como cisterciense en el convento de San Martín de Valdeiglesias. En 1525 dejó su retiro para encargarse de la secretaría de su antiguo señor, quien en 1526 se convertiría en rey de Hungría, al año siguiente en rey de Bohemia, y quien en 1531 accedería a la corona alemana con el título de rey de romanos como lugarteniente de su hermano imperial. Viajó por toda Europa. En Viena, aunque monje, llevó una vida disoluta y tuvo amoríos y un hijo natural, y pasó por dificultades económicas, ya que malgastó todos los beneficios y prebendas que sus cargos le proporcionaban. Se enamoró de una joven dama alemana, Ana de Schaumburg, quien lo dejó por un noble bohemio, si bien anduvo al parecer también tras una tal Ana de Aragón; perdió al cabo las esperanzas de regresar alguna vez a España, como cuenta evocando un famoso romance: 
"Tiempo es ya, Castillejo, / tiempo es de andar aquí".
Desengañado, se retiró a un convento vienés donde murió. Está enterrado en Wiener Neustadt, cerca de la ciudad.
Destaca la figura de Cristóbal de Castillejo dentro de la llamada línea tradicional. De él se han tomado muy rígidamente sus poemas amorosos, ajustados a los tópicos del amor cortés, y sus sátiras. Ha sido percibido como un espíritu imbuido del ideal erasmista y dotado de una superioridad moral por encima de la bajeza cortesana. En su obra hay mezcla de jocosidad y moralismo. Estuvo en contra de la escuela italianizante, por estar encabezando la defensa de la lengua nacional del nuevo imperio, quien postulaba que esta lengua superaría y revitalizaría la insustancialidad y amaneramiento de las coplas castellanas de su tiempo, ya alejadas de los modelos anteriores. Este vitalismo suponía la incorporación de elementos folclóricos y tradicionales, la tendencia populista erasmista del refrán y del coloquio y el nacionalismo lingüístico literario.


Juan Boscán

 

 

Juan Boscán Almogaver (o Joan Boscà i Almogàver, Barcelona, 1493 - Perpiñán, 1542) destacó como poeta y traductor del Renacimiento. De origen catalán, su obra redactó su obra fundamentalmente en lengua castellana.
Proveniente de familia noble, recibió una excelente formación humanística y sirvió en la Corte de los Reyes Católicos y después en la del emperador Carlos I de España. Fue preceptor del Duque de Alba. En la Corte conoció a otro gran poeta amigo suyo, don Diego Hurtado de Mendoza; éste le dirigió la famosa Epístola a Boscán. El caballero catalán se casó con una culta dama valenciana, doña Ana Girón Rebolledo. Viajó a Italia como embajador español. Allí encontró al caballero toledano Garcilaso de la Vega, con quien entabló una gran amistad; seguramente al aprecio que Boscán sentía por la obra del poeta valenciano Ausiàs March se deben las reminiscencias de éste que hay en algunas de las composiciones del poeta manchego.
Boscán, que había cultivado con anterioridad la conceptuosa y cortesana lírica cancioneril, introdujo el verso endecasílabo y las estrofas italianas (soneto, octava real, terceto encadenado, canción en estancias), así como el poema en endecasílabos blancos y los motivos y estructuras del Petrarquismo en la poesía castellana. Se persuadió de ello en una conversación con su amigo, el embajador veneciano y humanista Andrea Navagiero, en los jardines del Generalife, en Granada, como contó él mismo, ya que éste le animó a intentar esa experiencia poética.
Convenció de esta novedad también a sus amigos Garcilaso de la Vega y don Diego Hurtado de Mendoza y escribió el manifiesto de la nueva estética italianizante del Renacimiento en una epístola nuncupatoria dirigida "A la duquesa de Soma" que puso como prólogo a uno de sus volúmenes de poesías. Otros caballeros, sin embargo, tenían un concepto más nacionalista del Renacimiento, como por ejemplo Cristóbal de Castillejo, e hicieron ver amablemente su disconformidad en sátiras contra el nuevo estilo. La novedad del endecasílabo, sin embargo, arraigó al lado del octosílabo como el verso más usado en la lírica española y desde entonces el dodecasílabo, con un ritmo machacón y menos flexible que el del endecasílabo, fue arrinconado y preterido en favor del endecasílabo cuando había que tratar temas importantes. La poesía castellana quedó así enriquecida con nuevos versos, estrofas, temas, tonos y recursos expresivos.
El poema Hero y Leandro de Boscán es el primero que trata de temas legendarios y mitológicos clásicos. Por otra parte, su Epistola a Mendoza introduce en España el modelo de la epístola moral como un género poético imitado de Horacio, donde se expone el ideal del sabio estoico con su prudente moderación y equilibrio.
Estudios modernos han desterrado la idea infundada de la dureza y sequedad de sus versos con el pretexto de que no era un hablante nativo de castellano. Fuera de un amplio cancionero petrarquista, Boscán demostró su dominio del castellano traduciendo además Il libro del cortegiano (1528) del humanista italiano Baldassare Castiglione con el título de El Cortesano (1534) en una modélica prosa renacentista esmaltada de germinaciones ciceronianas. Además, preparó la edición de las obras de su amigo Garcilaso de la Vega junto a las suyas, si bien murió antes de poder culminar el proyecto, por lo que su viuda imprimió la obra en 1543 en el taller de Carles Amorós, en Barcelona, con el título Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL SÍ DE LAS NIÑAS

Su obra más importante es El sí de las niñas, que escribió en 1801. En El sí de las niñas censura la educación de las mujeres de la época y el abuso de autoridad de los padres al que estas se veían sometidas. La comedia se ajusta a las normas neoclásicas, ya que, además de su finalidad didáctica, respeta las tres unidades dramáticas: un sólo lugar (la planta alta de una posada de Alcalá de Henares) para el desarrollo de una única acción que empieza a las siete de la tarde y acaba a las cinco de la mañana siguiente. El argumento es el siguiente: Don Diego, un caballero sesentón, piensa casarse con una joven de 16 años, doña Paquita, cuya madre ha concertado la unión. La muchacha está enamorada de Don Carlos, joven militar que resulta ser el sobrino de don Diego. Finalmente, éste libera a Paquita de su compromiso y admite el matrimonio de los dos jóvenes. Los tres actos de la obra corresponden al atardecer, la madrugada y la aurora, que encuadran simbólicamente la acción y ...

EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA

En España: ¿Qué es el romanticismo? Es un movimiento cultural procedente de Alemania pero que se fue expandiendo por toda Europa en el siglo XIX, más concretamente, en la primera mitad. Este estilo, deja de lado el pensamiento clásico y se centra en el arte medieval. Eran tiempos de bastantes cambios lo que a la gente le aturdía. ¿Qué acontecimientos surgieron? ·    Napoleón fue derrotado en la batalla de Waterloo (1815). ·   L as Revoluciones Francesa y Norteamericana impulsaron las corrientes del pensamiento liberal, republicano y antimonárquico, mientras, el bonapartismo se opositaba a las ideas anteriores. ·          Empieza una guerra carlista en España tras la muerte del Rey Fernando VII entre Isabel la Católica y Carlos V, el hermano de Felipe, en la que gana Carlos V. ·          Se crean diferentes corrientes filosóficas entre la que podemos encontrar el...

PRESENTACIÓN ROMANTICISMO ( 4 ESO )

🙋Trabajo realizado por Elba EL ROMANTICISMO Es difícil definir qué es el romanticismo. Su carácter revolucionario es incuestionable. Supone una ruptura con una tradición, con un orden anterior y con una jerarquía de valores culturales y sociales, en nombre de una libertad auténtica. Aunque la unanimidad del movimiento romántico reside en una manera de sentir y de concebir al hombre, la naturaleza y la vida, cada país produce un movimiento romántico particular, distinto. En España se suelen distinguir un romanticismo de apariencia católica y nacional de otro más liberal y materialista. Tras la revolución que efectúa la burguesía, pasamos del Antiguo Régimen (monarquía absoluta) al nuevo régimen (democracias liberales), el sector terciario (campesinos) sigue siendo explotado. En Europa se desarrolla la Revolución Francesa, la Guerra de la Independencia española contra Napoleón. Con el cambio de una monarquía absoluta a una monarquía liberal la burguesía crece, con la revoluc...