Garcilaso
de la Vega encarnó uno de los ideales humanos del Renacimiento:
el del caballero culto, enamorado, y poeta. En su figura y en su obra
se entrelazan armónicamente armas y letras, vida y literatura, amor
y reflexión. Su obra, truncada por una muerte prematura
debido a su oficio de soldado al servicio del emperador Carlos V, es
bastante breve: un conjunto de sonetos que no llegan a
ochenta, cinco canciones petrarquistas, tres églogas, dos
elegías y una epístola a su amigo de armas y de letras,
el también poeta Juan Boscán.
Y
a pesar de su brevedad fue trascendental, porque él introdujo
en la literatura castellana las formas típicamente renacentistas que
imitaban a los poetas clásicos (a través de tópicos como el
carpe diem, el locus amoenus, el beatus ille, la
temática bucólico-pastoril; géneros como la elegía, la epístola
o la égloga, y el uso de una lengua elegante pero natural y
sencilla) y a los italianos, sobre todo a Petrarca
(amor al estilo petrarquista, uso de la métrica italianizante, con
sus endecasílabos, sus heptasílabos, sus sonetos, tercetos, octavas
o estancias...). La poesía española no volvió a ser la misma: el
uso de estas formas supuso en gran medida el abandono por los poetas
cultos de las formas tradiconales castellanas (marcadas por el verso
octosílabo, el amor cortés, el rebuscamiento de la lírica de
cancionero),y la introducción de formas,temas y epxresiones que se
mantendrán hasta prácticamente el XIX.
Garcilaso
de la Vega es, como Bécquer, un poeta de obra breve pero
fundamental, porque marca un antes y un después en la historia
de nuestra poesía. Concretamente, sus poemas supusieron el paso
de la Edad Media al Renacimiento en el ámbito de la poesía
: fue el primero en hacer poemas en los que se respira ya el nuevo
aire que supuso ese movimiento revolucionario, y siguiendo sus
pasos hubo toda una serie de poetas castellanos que recogieron
sus innovaciones. Es decir, tras él y por él, la poesía española
no volvió a ser la misma.
La
poesía renacentista se basa en la imitación, básicamente de
dos grandes elementos: los poetas del Humanismo italiano del XIV
(sobre todo, Francesco de Petrarca), y la literatura y los ideales
clásicos (es decir, de la Antigüedad Grecolatina). Esta
imitación, que puede parecer en principio algo
superficial, traia con ella toda una revolución, porque
implicaba una nueva concepción no solo de la métrica y el
lenguaje poético, sino también del amor, de la vida, del hombre, de
la propia poesía y del arte. Y el primero en hacerlo con
éxito (salvo alguna tentativa casi anecdótica anterior, como
la del Marqués de Santillana haciendo sonetos) fue el poeta
toledano Garcilaso de la Vega.
Además,
frente a la artificiosidad y convencionalismo de la poesía culta que
existía hasta entonces en la Península (la llamada lírica de
cancionero), muy alejada de la sinceridad a la que el lector moderno
está acostumbrado, en Garcilaso vida
y obra se imbrican de forma extraordinaria,
y muchos de sus poemas
recogen situaciones, acontecimientos y sentimientos de la biografía
del poeta, que
él mismo inmortalizó en sus versos.
Garcilaso
de la Vega nació en Toledo en una fecha que aún a día de
hoy resulta incierta (hay quien dice que en 1499, otros apuntan a
1501, 1502, 1503... por ahí más o menos...), en el seno de una
familia vinculada a la nobleza, de la que él era el tercer
hijo y el segundo varón. Y esto fue seguramente determinante
para que llegara a ser el gran poeta que luego sería, ya que era lo
que se conocía como "segundón"; es decir, sin
derecho a herencia (heredaba el primer hijo varón, según las normas
del mayorazgo), y por ello, obligado a formarse para "buscarse
la vida". Y así, sabemos que Garcilaso estudió lenguas,
música y todo aquello que el ideal de la época consideraba deseable
en un cortesano. Y este ideal implicaba, aparte de las letras,
el dominio de las armas, con el que Garcilaso cumpliría al
convertirse en soldado al servicio del emperador recién
llegado de Alemania como Carlos I de España.
Pero
antes, Garcilaso conoció en su vida el que sería el gran tema de su
poesía: el amor. Desde 1998, gracias al hallazgo de un
documento, sabemos que vivió un largo, intenso y apasionado amor
de juventud con una dama llamada Guiomar Castillo, que daría
como fruto un hijo.
Poco
después será cuando entre al servicio del emperador apoyándole en
sofocar la revuelta de los Comuneros. Luego, al servicio del
duque de Alba (al que dedicará una Elegía y la segunda de
sus Églogas), participará en diversas expediciones, y en su vida
militar conocerá a Juan Boscán, también soldado y
también poeta, que habría de ser su compañero en armas y
letras, pero sobre todo, un gran amigo, como recoge la Epístola en
verso a él dedicada y su otra Elegía.. Como recompensa a sus
esfuerzos militares, el emperador le otorgó la orden de Caballero de
Santiago, todo un honor.
Entre
campaña y campaña, Garcilaso se
casó con Elena de Zúñiga,
y con ella tendrá cinco hijos, algunos de los cuales murieron siendo
niños. En 1526,
Para asistir a la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal,
Garcilaso se traslada a Andalucía,
y este viaje erá fundamental para su vida y su obra. En primer
lugar, porque en Granada tendrá lugar una conversacón
que llegará a ser mítica: la del poeta
y Juan Boscán con el embajador de Nápoles,
que les anima a
escribir poesía en castellano pero imitando el estilo italiano,
que será lo que dé lugar a la auténtica revolución poética que
supuso la obra del poeta toledano. Y en segundo lugar, porque entre
las damas de compañía de la reina está Isabel
Freyre, la que
según muchos biógrafos fue el gran
amor de Garcilaso
y a la que están dedicados muchos de sus versos (entre ellos, la
famosísima Égloga
I). De hecho,
esta dama se casó con otro (caballero al que parece aludir Garcilaso
en algunos de sus versos) y murió muy pronto,
acontecimiento que se recoge en esa égloga.
Égloga I
El
dulce lamentar de dos pastores
Salicio juntamente y Nemoroso,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he
de contar, sus quejas imitando;
cuyas
ovejas al cantar sabroso
estaban
muy atentas, los amores,
(de
pacer olvidadas) escuchando.
Tú,
que ganaste obrando
un
nombre en todo el mundo
y
un grado sin segundo,
agora
estés atento sólo y dado
el
ínclito gobierno del estado
Albano;
agora vuelto a la otra parte,
resplandeciente,
armado,
representando
en tierra el fiero Marte;
(...)
Saliendo
de las ondas encendido,
rayaba
de los montes al altura
el
sol, cuando Salicio, recostado
al
pie de un alta haya en la verdura,
por
donde un agua clara con sonido
atravesaba
el fresco y verde prado,
él,
con canto acordado
al
rumor que sonaba,
del
agua que pasaba,
se
quejaba tan dulce y blandamente
como
si no estuviera de allí ausente
la
que de su dolor culpa tenía;
y
así, como presente,
razonando
con ella, le decía:
Salicio:
¡Oh
más dura que mármol a mis quejas,
y
al encendido fuego en que me quemo
más
helada que nieve, Galatea!,
estoy
muriendo, y aún la vida temo;
témola
con razón, pues tú me dejas,
que
no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
Vergüenza
he que me vea
ninguno
en tal estado,
de
ti desamparado,
y
de mí mismo me avergûenzo agora.
¿De
un alma te desdeñas ser señora,
donde
siempre moraste, no pudiendo
de
ella salir un hora?
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
El
sol tiende los rayos de su lumbre
por
montes y por valles, despertando
las
aves y animales y la gente:
cuál
por el aire claro va volando,
cuál
por el verde valle o alta cumbre
paciendo
va segura y libremente,
cuál
con el sol presente
va
de nuevo al oficio,
y
al usado ejercicio
do
su natura o menester le inclina,
siempre
está en llanto esta ánima mezquina,
cuando
la sombra el mondo va cubriendo,
o
la luz se avecina.
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Y
tú, de esta mi vida ya olvidada,
sin
mostrar un pequeño sentimiento
de
que por ti Salicio triste muera,
dejas
llevar (¡desconocida!) al viento
el
amor y la fe que ser guardada
eternamente
sólo a mí debiera?
¡Oh
Dios!, ¿por qué siquiera,
(pues
ves desde tu altura
esta
falsa perjura
causar
la muerte de un estrecho amigo)
no
recibe del cielo algún castigo?
Si
en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué
hará el enemigo?
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
Por
ti el silencio de la selva umbrosa,
por
ti la esquividad y apartamiento
del
solitario monte me agradaba;
por
ti la verde hierba, el fresco viento,
el
blanco lirio y colorada rosa
y
dulce primavera deseaba.
¡Ay,
cuánto me engañaba!
¡Ay,
cuán diferente era
y
cuán de otra manera
lo
que en tu falso pecho se escondía!
Bien
claro con su voz me lo decía
la
siniestra corneja, repitiendo
la
desventura mía.
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
(...)
Tu
dulce habla ¿en cúya oreja suena?
Tus
claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por
quién tan sin respeto me trocaste?
Tu
quebrantada fe ¿dó la pusiste?
¿Cuál
es el cuello que, como en cadena,
de
tus hermosos brazos anudaste?
No
hay corazón que baste,
aunque
fuese de piedra,
viendo
mi amada hiedra,
de
mí arrancada, en otro muro asida,
y
mi parra en otro olmo entretejida,
que
no se esté con llanto deshaciendo
hasta
acabar la vida.
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
(...)
Materia
diste al mundo de esperanza
de
alcanzar lo imposible y no pensado,
y
de hacer juntar lo diferente,
dando
a quien diste el corazón malvado,
quitándolo
de mí con tal mudanza
que
siempre sonará de gente en gente.
La
cordera paciente
con
el lobo hambriento
hará
su ayuntamiento,
y
con las simples aves sin ruido
harán
las bravas sierpes ya su nido;
que
mayor diferencia comprendo
de
ti al que has escogido.
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
(...)¿Cómo
te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo
te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo
te faltó en mí el conocimiento?
Si
no tuvieras condición terrible,
siempre
fuera tenido de ti en precio,
y
no viera de ti este apartamiento.
¿No
sabes que sin cuento
buscan
en el estío
mis
ovejas el frío
de
la sierra de Cuenca, y el gobierno
del
abrigado Estremo en el invierno?
Mas
¡qué vale el tener, si derritiendo
me
estoy en llanto eterno!
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
Con
mi llorar las piedras enternecen
su
natural dureza y la quebrantan;
los
árboles parece que se inclinan:
las
aves que me escuchan, cuando cantan,
con
diferente voz se condolecen,
y
mi morir cantando me adivinan.
Las
fieras, que reclinan
su
cuerpo fatigado,
dejan
el sosegado
sueño
por escuchar mi llanto triste.
Tú
sola contra mí te endureciste,
los
ojos aún siquiera no volviendo
a
lo que tú hiciste.
Salid
sin duelo, lágrimas, corriendo.
Mas
ya que a socorrerme aquí no vienes,
no
dejes el lugar que tanto amaste,
que
bien podrás venir de mí segura;
yo
dejaré el lugar do me dejaste;
ven,
si por sólo esto te detienes;
ves
aquí un prado lleno de verdura,
ves
aquí una espesura,
ves
aquí una agua clara,
en
otro tiempo cara,
a
quien de ti con lágrimas me quejo.
Quizá
aquí hallarás (pues yo me alejo)
al
que todo mi bien quitarme puede;
que
pues el bien le dejo,
no
es mucho que el lugar también le quede.
Aquí
dio fin a su cantar Salicio,
y
suspirando en el postrero acento,
soltó
de llanto una profunda vena.
Queriendo
el monte al grave sentimiento
de
aquel dolor en algo ser propicio,
con
la pesada voz retumba y suena.
La
blanca Filomena,
casi
como dolida
y
a compasión movida,
dulcemente
responde al son lloroso.
Lo
que cantó tras esto Nemoroso
decidlo
vos Piérides, que tanto
no
puedo yo, ni oso,
que
siento enflaquecer mi débil canto.
Nemoroso:
Corrientes
aguas, puras, cristalinas,
árboles
que os estáis mirando en ellas,
verde
prado, de fresca sombra lleno,
aves
que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra
que por los árboles caminas,
torciendo
el paso por su verde seno:
yo
me vi tan ajeno
que
de puro contento
con
vuestra soledad me recreaba,
donde
con dulce sueño reposaba,
o
con el pensamiento discurría
por
donde no hallaba
sino
memorias llenas de alegría.
Y
en este mismo valle, donde agora
me
entristezco y me canso, en el reposo
estuve
ya contento y descansado.
¡Oh
bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome,
durmiendo aquí alguna hora,
que
despertando, a Elisa vi a mi lado.
¡Oh
miserable hado!
¡Oh
tela delicada,
antes
de tiempo dada
a
los agudos filos de la muerte!
Más
convenible fuera aquesta suerte
a
los cansados años de mi vida,
que
es más que el hierro fuerte,
pues
no la ha quebrantado tu partida.
¿Dó
están agora aquellos claros ojos
que
llevaban tras sí, como colgada,
mi
ánima doquier que ellos se volvían?
¿Dó
está la blanca mano delicada,
llena
de vencimientos y despojos
que
de mí mis sentidos le ofrecían?
Los
cabellos que vían
con
gran desprecio al oro,
como
a menor tesoro,
¿adónde
están? ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó
la columna que el dorado techo
con
presunción graciosa sostenía?
Aquesto
todo agora ya se encierra,
por
desventura mía,
en
la fría, desierta y dura tierra.
¿Quién
me dijera, Elisa, vida mía,
cuando
en aqueste valle al fresco viento
andábamos
cogiendo tiernas flores,
que
había de ver con largo apartamiento
venir
el triste y solitario día
que
diese amargo fin a mis amores?
El
cielo en mis dolores
cargó
la mano tanto,
que
a sempiterno llanto
y
a triste soledad me ha condenado;
y
lo que siento más es verme atado
a
la pesada vida y enojosa,
solo,
desamparado,
ciego,
sin lumbre, en cárcel tenebrosa.
Después
que nos dejaste, nunca pace
en
hartura el ganado ya, ni acude
el
campo al labrador con mano llena.
No
hay bien que en mal no se convierta y mude:
la
mala hierba al trigo ahoga, y nace
en
lugar suyo la infelice avena;
la
tierra, que de buena
gana
nos producía
flores
con que solía
quitar
en sólo vellas mil enojos,
produce
agora en cambio estos abrojos,
ya
de rigor de espinas intratable;
yo
hago con mis ojos
crecer,
llorando, el fruto miserable.
Como
al partir del sol la sombra crece,
y
en cayendo su rayo se levanta
la
negra escuridad que el mundo cubre,
de
do viene el temor que nos espanta,
y
la medrosa forma en que se ofrece
aquello
que la noche nos encubre,
hasta
que el sol descubre
su
luz pura y hermosa:
tal
es la tenebrosa
noche
de tu partir, en que he quedado
de
sombra y de temor atormentado,
hasta
que muerte el tiempo determine
que
a ver el deseado
sol
de tu clara vista me encamine.
Cual
suele el ruiseñor con triste canto
quejarse,
entre las hojas escondido,
del
duro labrador, que cautamente
le
despojó su caro y dulce nido
de
los tiernos hijuelos, entre tanto
que
del amado ramo estaba ausente,
y
aquel dolor que siente
con
diferencia tanta
por
la dulce garganta
despide,
y a su canto el aire suena,
y
la callada noche no refrena
su
lamentable oficio y sus querellas,
trayendo
de su pena
al
cielo por testigo y las estrellas;
desta
manera suelto yo la rienda
a
mi dolor, y así me quejo en vano
de
la dureza de la muerte airada.
Ella
en mi corazón metió la mano,
y
de allí me llevó mi dulce prenda,
que
aquél era su nido y su morada.
¡Ay
muerte arrebatada!
Por
ti me estoy quejando
al
cielo y enojando
con
importuno llanto al mundo todo:
tan
desigual dolor no sufre modo.
No
me podrán quitar el dolorido
sentir,
si ya del todo
primero
no me quitan el sentido.
Una
parte guardé de tus cabellos,
Elisa,
envueltos en un blanco paño,
que
nunca de mi seno se me apartan;
descójolos,
y de un dolor tamaño
enternecerme
siento, que sobre ellos
nunca
mis ojos de llorar se hartan.
Sin
que de allí se partan,
con
sospiros calientes,
más
que la llama ardientes,
los
enjugo del llanto, y de consuno
casi
los paso y cuento uno a uno;
juntándolos,
con un cordón los ato.
Tras
esto el importuno
dolor
me deja descansar un rato.
Mas
luego a la memoria se me ofrece
aquella
noche tenebrosa, escura,
que
siempre aflige esta ánima mezquina
con
la memoria de mi desventura
Verte
presente agora me parece
en
aquel duro trance de Lucina,
y
aquella voz divina,
con
cuyo son y acentos
a
los airados vientos
pudieras
amansar, que agora es muda.
Me
parece que oigo que a la cruda,
inexorable
diosa demandabas
en
aquel paso ayuda;
y
tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
(...)
Divina Elisa, pues agora el cielo
con
inmortales pies pisas y mides,
y
su mudanza ves, estando queda,
¿por
qué de mí te olvidas y no pides
que
se apresure el tiempo en que este velo
rompa
del cuerpo, y verme libre pueda,
y
en la tercera rueda,
contigo
mano a mano,
busquemos
otro llano,
busquemos
otros montes y otros ríos,
otros
valles floridos y sombríos,
do
descansar y siempre pueda verte
ante
los ojos míos,
sin
miedo y sobresalto de perderte?
*
* *
Nunca
pusieran fin al triste lloro
los
pastores, ni fueran acabadas
las
canciones que sólo el monte oía,
si
mirando las nubes coloradas,
al
tramontar del sol bordadas de oro,
no
vieran que era ya pasado el día,
la
sombra se veía
venir
corriendo apriesa
ya
por la falda espesa
del
altísimo monte, y recordando
ambos
como de sueño, y acabando
el
fugitivo sol, de luz escaso,
su
ganado llevando,
se
fueran recogiendo paso a paso
Y
será también acompañando al emperador como Garcilaso viaje a
Italia (ya que Nápoles formaba parte de los dominios de
España por aquel entonces) donde entrará en contacto
directo con la lírica renancentista italiana, como
dijimos, una de las grandes influencias que recoge su poesía y
que supondrá toda una revolución en la historia de nuestra lírica.
Por
encargo del Emperador viajará también a Francia, para espiar cómo
era tratada su hermana Leonor, casada con Francisco I de Francia, lo
que demuestra hasta qué punto nuestro poeta era un hombre de
confianza de Carlos I. Y sin embargo, poco después el propio
emperador lo desterrará
a una isla del Danubio
en castigo por apoyar una boda familiar de Garcilaso a la que
Carlos I se oponía. Esta experiencia del destierro también tendrá
su reflejo poético en la Canción
III de
Garcilaso.
Canción III
Con un manso rüido
d’agua corriente y clara
cerca el Danubio una isla que pudiera
ser lugar escogido
para que descansara
quien, como estó yo agora, no estuviera:
do siempre primavera
parece en la verdura
sembrada de las flores;
hacen los ruiseñores
renovar el placer o la tristura
con sus blandas querellas,
que nunca, dia ni noche, cesan dellas,
Aquí estuve yo puesto,
o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
bien pueden hacer esto
en quien puede sufrillo
y en quien él a sí mismo se condena.
Tengo sola una pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura:
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
y sé yo bien que muero
por solo aquello que morir espero.
El cuerpo está en poder
y en mano de quien puede
hacer a su placer lo que quisiere,
mas no podrá hacer
que mal librado quede
mientras de mí otra prenda no tuviere;
cuando ya el mal viniere
y la postrera suerte,
aquí me ha de hallar
Tras
el destierro, en 1532, volverá a Italia, donde
compaginará sus labores militares con la escritura de sus obras más
importantes. Le hieren en alguna importante expedición en el norte
de África (a la que alude en la Elegía que dedica a su amigo
y compañero Juan Boscán), pero será en una expedición en Provenza
contra Francia, parte de la lucha contra uno de los grandes
enemigos de Carlos I, Francisco I, donde la muerte le encuentre,
después de tantas hazañas importantes y peligrosas, en el asalto a
una torre aparentemente abandonada y sin ninguna importancia, en el
otoño de 1536. Azar, destino o ironía...
Pero
Garcilaso, como todos los grandes, siguió viviendo en sus poemas,
que inmortalizaron, como la tela de las ninfas de su Egloga
III hacían
con otras historias, lo mejor de su vida: unos versos serenos
y sencillos en los que late la elegancia clásica que el Renacimiento
quiso y supo recuperar.
Égloga III
Aquella
voluntad honesta y pura,
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuanto del cuerpo el alma acompañada.
Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.(...)
Cerca del Tajo en soledad amena
de verdes sauces hay una espesura,
toda de yedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta la altura,
y así la teje arriba y encadena,
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido
alegrando la vista y el oído.
Con tanta mansedumbre el cristalino
Tajo en aquella parte caminaba,
que pudieran los ojos el camino
determinar apenas que llevaba.
Peinando sus cabellos de oro fino,
una ninfa del agua do moraba
la cabeza sacó, y el prado ameno
vido de flores y de sombra lleno.
Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
el suave olor de aquel florido suelo.
Las aves en el fresco apartamiento
vio descansar del trabajoso vuelo.
Secaba entonces el terreno aliento
el sol subido en la mitad del cielo.
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba.
Habiendo contemplado una gran pieza
atentamente aquel lugar sombrío,
somorgujó de nuevo su cabeza,
y al fondo se dejó calar del río.
A sus hermanas a contar empieza
del verde sitio el agradable frío,
y que vayan las ruega y amonesta
allí con su labor a estar la siesta.
No perdió en esto mucho tiempo el ruego,
que las tres de ellas su labor tomaron
y en mirando de fuera, vieron luego
el prado, hacia el cual enderezaron.
El agua clara con lascivo juego
nadando dividieron y cortaron,
hasta que el blanco pie tocó mojado,
saliendo de la arena el verde prado.
Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,
escurrieron del agua sus cabellos,
los cuales esparciendo, cobijadas
las hermosas espaldas fueron de ellos.
Luego sacando telas delicadas,
que en delgadeza competían con ellos,
en lo más escondido se metieron,
y a su labor atentas se pusieron.
Las telas eran hechas y tejidas
del oro que el felice Tajo envía,
apurado después de bien cernidas
las menudas arenas do se cría:
y de las verdes hojas reducidas
en estambre sutil, cual convenía
para seguir el delicado estilo
del oro ya tirado en rico hilo.
La delicada estambre era distinta
de los colores que antes le habían dado
con la fineza de la varia tinta
que se halla en las conchas del pescado.
Tanto artificio muestra en lo que pinta
y teje cada Ninfa en su labrado,
cuanto mostraron en sus tablas antes
el celebrado Apeles y Timantes.
(...)
Dinámene no menos artificio
mostraba en la labor que había tejido,
pintando a Apolo en el robusto oficio
de la silvestre caza embebecido.
Mudar luego le hace el ejercicio
la vengativa mano de Cupido.
que hizo a Apolo consumirse en lloro
después que le enclavó con punta de oro.
Dafne con el cabello suelto al viento,
sin perdonar al blanco pie corria
por áspero camino, tan sin tiento
que Apolo en la pintura parecía que,
porque ella templase el movimiento,
con menos ligereza la seguía.
El va siguiendo, y ella huye como
quien siente al pecho el odïoso plomo.
Mas a la fin los brazos le crecían,
y en sendos ramos vueltos se mostraban.
Y los cabellos. que vencer solían
al oro fino, en hojas se tornaban;
en torcidas raíces se extendían
los blancos pies, y en tierra se hincaban;
llora el amante, y busca el ser primero,
besando y abrazando aquel madero.
Climene, llena de destreza y maña,
el oro y las colores matizando
iba, de hayas una gran montaña,
de robles y de peñas variando;
un puerco entre ellas de braveza extraña,
estaba los colmillos aguzando
contra un mozo; no menos animoso,
con su venablo en mano, que hermoso.
Tras esto el puerco allí se vía herido
de aquel mancebo por su mal valiente,
y el mozo en tierra estaba ya tendido,
abierto el pecho del rabioso diente;
con el cabello de oro desparcido
barriendo el suelo miserablemente,
las rosas blancas por alí sembradas
tornaba con su sangre coloradas.
Adonis este se mostraba que era,
según se muestra Venus dolorida,
que viendo la herida abierta y fiera,
estaba sobre él casi amortecida.
Boca con boca coge la postrera
parte del aire que solía dar vida
al cuerpo, por quien ella en este suelo
aborrecido tuvo al alto cielo.
La blanca Nise no tomó a destajo
de los pasados casos la memoria
y en la labor de su sutil trabajo
no quiso entretejer antigua historia;
antes mostrando de su claro Tajo
en su labor la celebrada gloria,
lo figuró en la parte donde él baña
la más felice tierra de la España.
Pintado el caudaloso río se vía,
que en áspera estrecheza reducido,
un monte casi alrededor ceñía
con ímpetu corriendo y con ruido;
querer cercallo todo parecía
en su volver, mas era afán perdido;
dejábase correr en fin derecho,
contento de lo mucho que había hecho.
Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada
aquella ilustre y clara pesadumbre
de antiguos edificios adornada.
De allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada,
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas.
En la hermosa tela se veían
entretejidas las silvestres diosas
salir de la espesura, y que venían
todas a la ribera presurosas,
en el semblante tristes, y traían
cestillos blancos de purpúreas rosas,
las cuales esparciendo derramaban
sobre una ninfa muerta, que lloraban,
Todas con el cabello desparcido
lloraban una ninfa delicada,
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua en el lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde.
Una de aquellas diosas, que en belleza,
al parecer, a todas excedía,
mostrando en el semblante la tristeza
que del funesto y triste caso había
apartado algún tanto, en la corteza
de un álamo estas letras escribía
como epitafio de la ninfa bella,
que hablaban así por parte de ella.
"Elisa soy, en cuyo nombre suena
y se lamenta el monte cavernoso,
testigo del dolor y grave pena
en que por mí se aflige Nemoroso,
y llama ¡Elisa!... ¡Elisa! a boca llena
responde el Tajo, y lleva presuroso
al mar de Lusitania el nombre mío,
donde será escuchado, yo lo fío."
En fin en esta tela artificiosa
toda la historia estaba figurada,
que en aquella ribera deleitosa
de Nemoroso fue tan celebrada;
porque de todo aquesto y cada cosa
estaba Nise ya tan lnformada,
que llorando el pastor, mil veces ella
se enterneció escuchando su querella.
Y porque aqueste lamentable cuento
no sólo entre las selvas se contase,
mas dentro de las ondas sentimiento
con la noticia desto se mostrase,
quiso que de su tela el argumento
la bella ninfa muerta señalase
y así se publicase de uno en uno
por el húmedo reino de Neptuno.
Destas historias tales variadas
eran las telas de las cuatro hermanas,
las cuales con colores matizadas
claras y luces de las sombras vanas,
mostraban a los ojos relevadas
las cosas y figuras que eran llanas,
tanto, que al parecer el cuerpo vano
pudiera ser tomado con la mano.
Los rayos ya del sol se trastornaban,
escondiendo su luz al mundo cara
tras altos montes, y a la luna daban
lugar para mostrar su blanca cara;
los peces a menudo ya saltaban,
con la cola azotando el agua clara,
cuando las Ninfas, la labor dejando,
hacia el agua se fueron paseando.
(...)
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuanto del cuerpo el alma acompañada.
Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.(...)
Cerca del Tajo en soledad amena
de verdes sauces hay una espesura,
toda de yedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta la altura,
y así la teje arriba y encadena,
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido
alegrando la vista y el oído.
Con tanta mansedumbre el cristalino
Tajo en aquella parte caminaba,
que pudieran los ojos el camino
determinar apenas que llevaba.
Peinando sus cabellos de oro fino,
una ninfa del agua do moraba
la cabeza sacó, y el prado ameno
vido de flores y de sombra lleno.
Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
el suave olor de aquel florido suelo.
Las aves en el fresco apartamiento
vio descansar del trabajoso vuelo.
Secaba entonces el terreno aliento
el sol subido en la mitad del cielo.
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba.
Habiendo contemplado una gran pieza
atentamente aquel lugar sombrío,
somorgujó de nuevo su cabeza,
y al fondo se dejó calar del río.
A sus hermanas a contar empieza
del verde sitio el agradable frío,
y que vayan las ruega y amonesta
allí con su labor a estar la siesta.
No perdió en esto mucho tiempo el ruego,
que las tres de ellas su labor tomaron
y en mirando de fuera, vieron luego
el prado, hacia el cual enderezaron.
El agua clara con lascivo juego
nadando dividieron y cortaron,
hasta que el blanco pie tocó mojado,
saliendo de la arena el verde prado.
Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,
escurrieron del agua sus cabellos,
los cuales esparciendo, cobijadas
las hermosas espaldas fueron de ellos.
Luego sacando telas delicadas,
que en delgadeza competían con ellos,
en lo más escondido se metieron,
y a su labor atentas se pusieron.
Las telas eran hechas y tejidas
del oro que el felice Tajo envía,
apurado después de bien cernidas
las menudas arenas do se cría:
y de las verdes hojas reducidas
en estambre sutil, cual convenía
para seguir el delicado estilo
del oro ya tirado en rico hilo.
La delicada estambre era distinta
de los colores que antes le habían dado
con la fineza de la varia tinta
que se halla en las conchas del pescado.
Tanto artificio muestra en lo que pinta
y teje cada Ninfa en su labrado,
cuanto mostraron en sus tablas antes
el celebrado Apeles y Timantes.
(...)
Dinámene no menos artificio
mostraba en la labor que había tejido,
pintando a Apolo en el robusto oficio
de la silvestre caza embebecido.
Mudar luego le hace el ejercicio
la vengativa mano de Cupido.
que hizo a Apolo consumirse en lloro
después que le enclavó con punta de oro.
Dafne con el cabello suelto al viento,
sin perdonar al blanco pie corria
por áspero camino, tan sin tiento
que Apolo en la pintura parecía que,
porque ella templase el movimiento,
con menos ligereza la seguía.
El va siguiendo, y ella huye como
quien siente al pecho el odïoso plomo.
Mas a la fin los brazos le crecían,
y en sendos ramos vueltos se mostraban.
Y los cabellos. que vencer solían
al oro fino, en hojas se tornaban;
en torcidas raíces se extendían
los blancos pies, y en tierra se hincaban;
llora el amante, y busca el ser primero,
besando y abrazando aquel madero.
Climene, llena de destreza y maña,
el oro y las colores matizando
iba, de hayas una gran montaña,
de robles y de peñas variando;
un puerco entre ellas de braveza extraña,
estaba los colmillos aguzando
contra un mozo; no menos animoso,
con su venablo en mano, que hermoso.
Tras esto el puerco allí se vía herido
de aquel mancebo por su mal valiente,
y el mozo en tierra estaba ya tendido,
abierto el pecho del rabioso diente;
con el cabello de oro desparcido
barriendo el suelo miserablemente,
las rosas blancas por alí sembradas
tornaba con su sangre coloradas.
Adonis este se mostraba que era,
según se muestra Venus dolorida,
que viendo la herida abierta y fiera,
estaba sobre él casi amortecida.
Boca con boca coge la postrera
parte del aire que solía dar vida
al cuerpo, por quien ella en este suelo
aborrecido tuvo al alto cielo.
La blanca Nise no tomó a destajo
de los pasados casos la memoria
y en la labor de su sutil trabajo
no quiso entretejer antigua historia;
antes mostrando de su claro Tajo
en su labor la celebrada gloria,
lo figuró en la parte donde él baña
la más felice tierra de la España.
Pintado el caudaloso río se vía,
que en áspera estrecheza reducido,
un monte casi alrededor ceñía
con ímpetu corriendo y con ruido;
querer cercallo todo parecía
en su volver, mas era afán perdido;
dejábase correr en fin derecho,
contento de lo mucho que había hecho.
Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada
aquella ilustre y clara pesadumbre
de antiguos edificios adornada.
De allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada,
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas.
En la hermosa tela se veían
entretejidas las silvestres diosas
salir de la espesura, y que venían
todas a la ribera presurosas,
en el semblante tristes, y traían
cestillos blancos de purpúreas rosas,
las cuales esparciendo derramaban
sobre una ninfa muerta, que lloraban,
Todas con el cabello desparcido
lloraban una ninfa delicada,
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua en el lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde.
Una de aquellas diosas, que en belleza,
al parecer, a todas excedía,
mostrando en el semblante la tristeza
que del funesto y triste caso había
apartado algún tanto, en la corteza
de un álamo estas letras escribía
como epitafio de la ninfa bella,
que hablaban así por parte de ella.
"Elisa soy, en cuyo nombre suena
y se lamenta el monte cavernoso,
testigo del dolor y grave pena
en que por mí se aflige Nemoroso,
y llama ¡Elisa!... ¡Elisa! a boca llena
responde el Tajo, y lleva presuroso
al mar de Lusitania el nombre mío,
donde será escuchado, yo lo fío."
En fin en esta tela artificiosa
toda la historia estaba figurada,
que en aquella ribera deleitosa
de Nemoroso fue tan celebrada;
porque de todo aquesto y cada cosa
estaba Nise ya tan lnformada,
que llorando el pastor, mil veces ella
se enterneció escuchando su querella.
Y porque aqueste lamentable cuento
no sólo entre las selvas se contase,
mas dentro de las ondas sentimiento
con la noticia desto se mostrase,
quiso que de su tela el argumento
la bella ninfa muerta señalase
y así se publicase de uno en uno
por el húmedo reino de Neptuno.
Destas historias tales variadas
eran las telas de las cuatro hermanas,
las cuales con colores matizadas
claras y luces de las sombras vanas,
mostraban a los ojos relevadas
las cosas y figuras que eran llanas,
tanto, que al parecer el cuerpo vano
pudiera ser tomado con la mano.
Los rayos ya del sol se trastornaban,
escondiendo su luz al mundo cara
tras altos montes, y a la luna daban
lugar para mostrar su blanca cara;
los peces a menudo ya saltaban,
con la cola azotando el agua clara,
cuando las Ninfas, la labor dejando,
hacia el agua se fueron paseando.
(...)
Y
curiosamente, a pesar de lo que os encontréis habitualmente en los
libros de texto y enciclpedias, no tenemos un retrato que
inmortalice el rostro de este poeta inmortal. Ninguno de los dos de
arriba le corresponden, aunque aparezcan a menudo señalados como
imagen del poeta toledano. Sí conservamos, sin embargo, algún
retrato literario (es decir, con palabras):
"Era garboso y cortesano con no sé qué majestad envuelta en el agrado del rostro que le hacía dueño de los corazones, no más que con saludarlos. Y luego entraban su elocuencia y su trato a rendir lo que su afabilidad y su gentileza habían dejado por conquistar. Ningún hombre tuvo más prendas para arrastrar las almas, habiendo puesto la Naturaleza un cuerpo galán y de proporcionada estatura para palacio de la majestad de aquella alma. Adorábale el pueblo, y sus iguales, o no podían o no se atrevían a ser émulos porque el resplandor de sus prendas deslumbraba a la envidia, dejándola cobardes los ojos con la mucha luz o del todo ciegos."
Garcilaso
murió prematuramente en 1536 a causa de las heridas sufridas en el
asalto a una fortaleza cerca de Milán.
Garcilaso
de la Vega encarna el ideal del caballero renacentista (como
Cervantes o Lope de Vega), en el que conviven las armas (soldado) y
las letras (escritor). Sin embargo, esta dualidad no influyó en su
poesía que refleja sólo el tema del amor tomando como modelo a
Petrarca.
Garcilaso
es el primer poeta del Renacimiento español por muchas razones. Pero
la principal y más valorada es que introdujo con éxito la poesía
renacentista italiana en España. Si antes de él, autores como el
Marqués de Santillana y también su coetáneo Boscán lo habían
intentado, es Garcilaso el primero que logra adaptar rítmicamente el
endecasílabo italiano al ritmo poético del español. Con el
endecasílabo llegaron el soneto, la lira, los tercetos, y los
motivos y temas propios de la poesía petrarquista en la que se
inspira.
Obra.
Garcilaso es un poeta fundamental en el renacimiento español. Él es quien reintroduce y populariza el verso de once sílabas y las estrofas italianas como el soneto, la lira o los tercetos. Desde entonces estas formas estróficas son parte de la tradición española.
El tema casi exclusivo de Garcilaso es el amor. Es la gran fuerza capaz de dar sentido a la vida; pero, a menudo, es también algo inalcanzable y doloroso. Junto al amor, ocupa un lugar muy especial la naturaleza expresada por medio de tópicos. Es el lugar ideal donde se desarrolla el amor, que puede cambiar según los sentimientos amorosos expresados. Por último, los temas mitológicos también aparecen en su obra. Garcilaso se sirve de personajes y temas mitológicos grecolatinos como pretexto para expresar sus propios sentimientos o bien como elementos comparativos para resaltar la belleza de la persona amada.
Estilo
Análisis
de sus sonetos
Los
treinta y ocho sonetos escritos por el poeta tienen como tema central
el amor. Los sonetos del I al XII el amante que sufre las penas del
amor es el propio “yo” poético del autor. No vemos la
descripción nítida de la amada, solo el dolor del amor del poeta.
El “yo” poético es el eje de todos estos poemas, veamos algunos
ejemplos mostrando solo el primer verso de cada soneto:
SONETO
I
Cuando
me paro a contemplar mi estado
SONETO
II
En
fin, a vuestras manos he venido
SONETO
IV
Un
rato se levanta mi esperanza
SONETO
V
Escrito
está en mi alma vuestro gesto,
SONETO
X
¡Oh
dulces prendas por mi mal halladas…
Hasta
que llegamos al soneto XIII en la que el “yo” poético deja paso
a una recreación del mito de Apolo y Dafne (aunque los personajes
del mito sean una transposición de los sentimientos del poeta). A
partir de este soneto XIII se inicia la inclusión de notas
mitológicas en dos composiciones más: en el XVI que menciona a
Jupiter y Vulcano y en el XXIV que menciona la mitología del
Parnaso. En el resto de los sonetos el centro de atención es el
sufrimiento por amor, en las que el “yo” del poeta a veces
se camufla en alter egos o sus lamentos van dirigidos a amigos
como Boscán (Sonetos XXVIII y XXXV) o su amigo napolitano Mario
(Soneto XXXIII).
El
amor expresado por Garcilaso nos parece sincero aunque se muestre por
medio de tópicos. Emplea tópicos tradicionales como el Descriptio
puellae
y Carpe
diem,
quizás en el poema que mejor se aprecian estos sea en el famoso
soneto XXIII (lo reproduzco entero):
En
tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y
en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;
coged
de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará
la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre
Para
un autor renacentista seguidor de Petrarca como Garcilaso, la belleza
femenina es resplandor de la belleza divina. Y el poeta no puede ser
sino el humilde siervo (creyente) que sufre por alcanzar la unión
deseada con la belleza. Es un sufrimiento que al mismo tiempo produce
placer porque el alma ama a la belleza suprema aunque no logre
alcanzarla.
Pero
además de representar la belleza y perfección de la amada, el
amante sufre de amor. Vive por y para el amor y esto se refleja en
tópicos como Furor
amoris,
que iguala al amor como una enfermedad, locura o delirio y vemos en
sonetos como el V y el soneto XII “Si para refrenar este
deseo/ loco, imposible, vano, temeroso,…”. Es un tópico que
Garcilaso toma de la tradición petrarquista, pero también tiene
larga tradición cancioneril en la poesía española. Estos tópicos
por el sufrimiento del amor están todos enlazados en la tradición
del amor
cortés
de origen clásico que es recuperado en la Edad Media y reformulado
con el neoplatonismo renacentista. Garcilaso de la Vega representa en
sus sonetos al típico amante del amor cortés que sufre porque la
fuerza del amor le cautiva y es su única razón de ser. Un buen
resumen de este sentir sería el primer cuarteto del Soneto V:
Escrito
está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
La
voluntad del poeta-amante se ha anulado por la contemplación y el
amor por la amada.
La
poesía de Garcilaso de la Vega ha sido la más influyente del
Renacimiento español y en especial por sus sonetos seguidos por los
grandes poetas del Barroco como Góngora o parodiados por otros
autores barrocos como Quevedo, pero en cualquier caso, su poesía fue
el punto de partida de una nueva etapa de la poesía española, la
cual fue reformulada y modernizada, gracias a Garcilaso, por medio de
la poesía renacentista italiana.
Antología
Soneto
I
Cuando
me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por dó me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;
y a ver los pasos por dó me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;
mas
cuando del camino estoy olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido:
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.
a tanto mal no sé por dó he venido:
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.
Yo
acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme,
si quisiere, y aun sabrá querello:
a quien sabrá perderme y acabarme,
si quisiere, y aun sabrá querello:
que
pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte
la suya, que no es tanto de mi parte
pudiendo,
¿qué hará sino hacello?
Soneto
XIII
A
Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.
De
áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel
que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh
miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
Soneto
X
¡Oh
dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!
¿Quién
me dijera, cuando las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
Pues
en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
si
no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
Soneto
XXIII
En
tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
y
en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged
de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará
la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre
OTROS POETAS DE ESTA ETAPA
Cristóbal
de Castillejo
Cristóbal de Castillejo (Ciudad Rodrigo, 1490 - Viena, 1550) fue el máximo representante en la primera fase del Renacimiento español de la reacción tradicionalista frente a la adaptación de los metros italianos que llevaron a cabo Garcilaso de la Vega, Juan Boscán y Diego Hurtado de Mendoza.
A los quince años fue llevado a la Corte de Fernando el Católico, donde sirvió como paje al archiduque Fernando de Habsburgo, nieto segundo del rey y hermano del emperador. En este periodo profesó como cisterciense en el convento de San Martín de Valdeiglesias. En 1525 dejó su retiro para encargarse de la secretaría de su antiguo señor, quien en 1526 se convertiría en rey de Hungría, al año siguiente en rey de Bohemia, y quien en 1531 accedería a la corona alemana con el título de rey de romanos como lugarteniente de su hermano imperial. Viajó por toda Europa. En Viena, aunque monje, llevó una vida disoluta y tuvo amoríos y un hijo natural, y pasó por dificultades económicas, ya que malgastó todos los beneficios y prebendas que sus cargos le proporcionaban. Se enamoró de una joven dama alemana, Ana de Schaumburg, quien lo dejó por un noble bohemio, si bien anduvo al parecer también tras una tal Ana de Aragón; perdió al cabo las esperanzas de regresar alguna vez a España, como cuenta evocando un famoso romance:
"Tiempo es ya, Castillejo, / tiempo es de andar aquí".
Desengañado, se retiró a un convento vienés donde murió. Está enterrado en Wiener Neustadt, cerca de la ciudad.
Destaca la figura de Cristóbal de Castillejo dentro de la llamada línea tradicional. De él se han tomado muy rígidamente sus poemas amorosos, ajustados a los tópicos del amor cortés, y sus sátiras. Ha sido percibido como un espíritu imbuido del ideal erasmista y dotado de una superioridad moral por encima de la bajeza cortesana. En su obra hay mezcla de jocosidad y moralismo. Estuvo en contra de la escuela italianizante, por estar encabezando la defensa de la lengua nacional del nuevo imperio, quien postulaba que esta lengua superaría y revitalizaría la insustancialidad y amaneramiento de las coplas castellanas de su tiempo, ya alejadas de los modelos anteriores. Este vitalismo suponía la incorporación de elementos folclóricos y tradicionales, la tendencia populista erasmista del refrán y del coloquio y el nacionalismo lingüístico literario.
Juan Boscán
Juan Boscán Almogaver (o Joan Boscà i Almogàver, Barcelona, 1493 - Perpiñán, 1542) destacó como poeta y traductor del Renacimiento. De origen catalán, su obra redactó su obra fundamentalmente en lengua castellana.
Proveniente de familia noble, recibió una excelente formación humanística y sirvió en la Corte de los Reyes Católicos y después en la del emperador Carlos I de España. Fue preceptor del Duque de Alba. En la Corte conoció a otro gran poeta amigo suyo, don Diego Hurtado de Mendoza; éste le dirigió la famosa Epístola a Boscán. El caballero catalán se casó con una culta dama valenciana, doña Ana Girón Rebolledo. Viajó a Italia como embajador español. Allí encontró al caballero toledano Garcilaso de la Vega, con quien entabló una gran amistad; seguramente al aprecio que Boscán sentía por la obra del poeta valenciano Ausiàs March se deben las reminiscencias de éste que hay en algunas de las composiciones del poeta manchego.
Boscán, que había cultivado con anterioridad la conceptuosa y cortesana lírica cancioneril, introdujo el verso endecasílabo y las estrofas italianas (soneto, octava real, terceto encadenado, canción en estancias), así como el poema en endecasílabos blancos y los motivos y estructuras del Petrarquismo en la poesía castellana. Se persuadió de ello en una conversación con su amigo, el embajador veneciano y humanista Andrea Navagiero, en los jardines del Generalife, en Granada, como contó él mismo, ya que éste le animó a intentar esa experiencia poética.
Convenció de esta novedad también a sus amigos Garcilaso de la Vega y don Diego Hurtado de Mendoza y escribió el manifiesto de la nueva estética italianizante del Renacimiento en una epístola nuncupatoria dirigida "A la duquesa de Soma" que puso como prólogo a uno de sus volúmenes de poesías. Otros caballeros, sin embargo, tenían un concepto más nacionalista del Renacimiento, como por ejemplo Cristóbal de Castillejo, e hicieron ver amablemente su disconformidad en sátiras contra el nuevo estilo. La novedad del endecasílabo, sin embargo, arraigó al lado del octosílabo como el verso más usado en la lírica española y desde entonces el dodecasílabo, con un ritmo machacón y menos flexible que el del endecasílabo, fue arrinconado y preterido en favor del endecasílabo cuando había que tratar temas importantes. La poesía castellana quedó así enriquecida con nuevos versos, estrofas, temas, tonos y recursos expresivos.
El poema Hero y Leandro de Boscán es el primero que trata de temas legendarios y mitológicos clásicos. Por otra parte, su Epistola a Mendoza introduce en España el modelo de la epístola moral como un género poético imitado de Horacio, donde se expone el ideal del sabio estoico con su prudente moderación y equilibrio.
Estudios modernos han desterrado la idea infundada de la dureza y sequedad de sus versos con el pretexto de que no era un hablante nativo de castellano. Fuera de un amplio cancionero petrarquista, Boscán demostró su dominio del castellano traduciendo además Il libro del cortegiano (1528) del humanista italiano Baldassare Castiglione con el título de El Cortesano (1534) en una modélica prosa renacentista esmaltada de germinaciones ciceronianas. Además, preparó la edición de las obras de su amigo Garcilaso de la Vega junto a las suyas, si bien murió antes de poder culminar el proyecto, por lo que su viuda imprimió la obra en 1543 en el taller de Carles Amorós, en Barcelona, con el título Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega








Comentarios
Publicar un comentario